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A mucha gente le gusta ver en los cuadros lo que también le gustaría ver en la realidad.
Se trata de una preferencia perfectamente comprensible. A todos nos atrae lo bello en la na-
turaleza y agradecemos a los artistas que lo recojan en sus obras. Esos mismos artistas no
nos censurarían por nuestros gustos. Cuando el gran artista flamenco Rubens dibujó a su hi-
jo, estaba orgulloso de sus agradables facciones y deseaba que también nosotros admirára-
mos al pequeño. Pero esta inclinación a los temas bonitos y atractivos puede convertirse en
nociva si nos conduce a rechazar obras que representan asuntos menos agradables. El gran
pintor alemán Alberto Durero seguramente dibujó a su madre con tanta devoción y cariño co-
mo Rubens a su hijo. Su verista estudio de la vejez y la decrepitud puede producirnos tan viva
impresión que nos haga apartar los ojos de él y, sin embargo, si reaccionamos contra esta
primera aversión, quedaremos recompensados con creces, pues el dibujo de Durero, en su
tremenda sinceridad, es una gran obra. En efecto, de pronto descubrimos que la hermosura
de un cuadro no reside realmente en la belleza de su tema. No sé si los golfillos que el pintor
español Murillo se complacía en pintar eran estrictamente bellos o no, pero tal como fueron
pintados por él, poseen desde luego gran encanto.
Tomado de: Gombrich, E. H. (2003). La historia del arte. Madrid: Random House Mondadori.
¿Cuál de los siguientes enunciados expresa un juicio de valor presente en el texto?
Mientras Rubens dibujó la juventud, Durero dibujó la vejez.
Los golfillos del pintor español Murillo tienen gran encanto.
Rubens estaba orgulloso de su hijo y deseaba que lo admiráramos.
Para el público la hermosura de un cuadro reside en la belleza de su tema.
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Nadie es justo por voluntad sino porque no tiene el poder de cometer injusticias. Esto lo percibiremos mejor si nos imaginamos las cosas del siguiente modo: demos tanto al justo como al injusto el poder de hacer lo que cada uno de ellos quiere, y a continuación sigámoslos para observar hasta dónde lo lleva a cada uno el deseo. Entonces sorprenderemos al justo tomando el mismo camino que el injusto, siguiendo sus propios intereses, lo que toda criatura persigue por naturaleza como un bien, pero que la fuerza de la ley obliga a seguir el camino del respeto por la igualdad.
El poder del que hablo sería efectivo al máximo si aquellos hombres adquirieran una fuerza tal como la que se dice que cierta vez tuvo Giges, el antepasado del lidio. Giges era un pastor que servía al entonces rey de Lidia. Un día sobrevino una gran tormenta y un terremoto que rasgó la tierra y produjo un abismo en el lugar en que Giges llevaba el ganado a pastorear. Asombrado al ver esto, descendió al abismo y halló, entre otras maravillas que narran los mitos, un caballo de bronce, hueco y con ventanillas, a través de las cuales divisó adentro un cadáver de tamaño más grande que el de un hombre, según parecía, y que no tenía nada excepto un anillo de oro en la mano. Giges le quitó el anillo y salió del abismo. Ahora bien, los pastores hacían su reunión habitual para dar al rey el informe mensual concerniente a la hacienda, cuando llegó Giges llevando el anillo. Tras sentarse entre los de- más, casualmente volvió el engaste del anillo hacia el interior de su mano. Al suceder esto se tornó invisible para los que estaban sentados allí, quienes se pusieron a hablar de él como si se hubiera ido. Giges se asombró, y luego, examinando el anillo, dio vuelta al engaste hacia afuera y tornó a hacerse visible. Al advertirlo, experimentó con el anillo para ver si tenía tal propiedad, y comprobó que así era: cuando giraba el engaste hacia adentro, su dueño se hacía invisible, y cuando lo giraba hacia afuera, se hacía visible. En cuanto se hubo cerciorado de ello, maquinó el modo de formar parte de los que fueron a la residencia del rey como informantes y, una vez allí, sedujo a la reina y con ayuda de ella mató al rey y se apoderó del reino.
Por consiguiente, si hubiesen dos anillos como el de Giges y se diera uno a un hombre justo y otro a uno injusto, ninguno perseveraría en la justicia ni soportaría abstenerse de bienes ajenos, cuando podría tanto apoderarse impunemente de lo que quisiera del mercado, como, al entrar en las casas, acostarse con la mujer que prefiriera, y tanto matar a unos como librar de las cadenas a otros, según su voluntad, y hacer todo como si fuera igual a un dios entre los hombres. En esto, el hombre justo no haría nada diferente del injusto, sino que ambos marcharían por el mismo camino. E incluso se diría que esto es una importante prueba de que nadie es justo si no es forzado a serlo, por no considerarse a la justicia como un bien individual, ya que allí donde cada uno se cree capaz de cometer injusticias, las comete. En efecto, todo hombre piensa que la injusticia le brinda más ventajas individuales que la justicia, y está en lo cierto, si habla de acuerdo con esta teoría.
Tomado de: Platón IV, D. (1986). República, Traducción y notas de C. Eggers Lan, Madrid, Gredos.
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A mucha gente le gusta ver en los cuadros lo que también le gustaría ver en la realidad. Se trata de una preferencia perfectamente comprensible. A todos nos atrae lo bello en la naturaleza y agradecemos a los artistas que lo recojan en sus obras. Esos mismos artistas no nos censurarían por nuestros gustos. Cuando el gran artista flamenco Rubens dibujó a su hijo, estaba orgulloso de sus agradables
acciones y deseaba que también nosotros admiráramos al pequeño. Pero esta inclinación a los temas bonitos y atractivos puede convertirse en nociva si nos conduce a rechazar obras que representan asuntos menos agradables. El gran pintor alemán Alberto Durero seguramente dibujó a su madre con tanta devoción y cariño como Rubens a su hijo. Su verista estudio de la vejez y la decrepitud
puede producirnos tan viva impresión que nos haga apartar los ojos de él y, sin embargo, si reaccionamos contra esta primera aversión, quedaremos recompensados con creces, pues el dibujo de Durero, en su tremenda sinceridad, es una gran obra. En efecto, de pronto
descubrimos que la hermosura de un cuadro no reside realmente en la belleza de su tema. No sé si los golfillos que el pintor español Murillo se complacía en pintar eran estrictamente bellos o no, pero tal como fueron pintados por él, poseen desde luego gran encanto.
Tomado de: Gombrich, E. H. (2003). La historia del arte. Madrid: Random House Mondadori.
En el texto, el autor hace referencia a Rubens para mostrar que
a todos nos atrae lo bello y, por fortuna, el arte lo recoge en la pintura.
el público siempre exige que el artista refleje la realidad en los cuadros.
algunos artistas plasman en sus obras lo que nos gusta ver en la realidad.
la inclinación en el arte por los temas bonitos y atractivos es bastante.
LA NOVELA POLICIAL Y LA POLÉMICA DE ELITISMO Y COMERCIALISMO
Me parece que no es preciso demostrar que la novela policial es popular, porque esa popularidad es tan flagrante que no requiere demostración. Para explicarla - aquellos que niegan al género su significación artística - se fundan en la evidencia de que la novela policial ha sido y es uno de los productos predilectos de la llamada "cultura de masas", propia de la moderna sociedad capitalista.
La popularidad de la novela policial sería, entonces, sólo un resultado de la manipulación del gusto, sólo el fruto de su homogeneización mediante la reiteración de esquemas seudoartísticos, fácilmen- te asimilables, y desprovistos, claro, de verdadera significación gnoseológica y estética; sazonados, además, con un puñado de ingredientes de mala ley: violencia, morbo, pornografía, etcétera, pro- ductos que se cargan, casi siempre, de mixtificaciones y perversiones ideológicas, tendientes a la afirmación del estatus burgués y a combatir las ideas revolucionarias y progresistas del modo más burdo e impúdico.
Pero hay que decir que ello constituye no sólo una manipulación del gusto en general, sino tam- bién una manipulación de la propia novela policial, de sus válidas y legítimas manifestaciones, una prostitución de sus mecanismos expresivos y sus temas. Los auténticos conformadores del género policial (no hay que olvidarlo) fueron artistas de la talla de Edgar Allan Poe y Wilkie Collins. Y desde sus orígenes hasta nuestros días, el género ha producido una buena porción de obras maestras.
Tomado de "La novela policial y la polémica del elitismo y comercialismo". En: Ensayos Voluntarios, Rodríguez Rivera, Guillermo.
La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1984.
¿Qué se cuestiona, especialmente, en el cuento?.
La discriminación.
La pobreza.
La aparente sabiduría.
La inconsciencia.
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Sabemos que la Tierra se mueve alrededor del Sol. Pero, ciertamente, nosotros vemos más claro que el día y la noche se forman al moverse el Sol. Aparece al amanecer por el horizonte y se oculta por el Poniente. ¿Quién siente que es la Tierra la que da una vuelta completa alrededor de sí misma en veinticuatro horas, creando así el día y la noche? ¿Nos estarán engañando nuestros sentidos? ¿Nos estaremos equivocando al conocer nuestro mundo, al pensar, al creer que existimos, al hablar? Este es el punto que trata esta parte de la filosofía: saber si nuestro conocimiento es verdadero, investigar si los resultados de la ciencia no nos engañan [...] La física, la química, nuestro conocimiento del mundo, nuestra capacidad de pensar, cuelgan de un hilo; del hilo de la Epistemología.
VÉLEZ, C. J. (1965). Curso de filosofía. Bogotá: Bibliográfica Colombiana.
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Si las fotografías permiten la posesión imaginaria de un pasado irreal, también ayudan a tomar posesión de un espacio donde la gente está insegura. Así, la fotografía se desarrolla en conjunción con una de las actividades modernas más características: el turismo. Por primera vez en la historia, grupos numerosos de gente abandonan sus entornos habituales por breves periodos. Parece decididamente anormal viajar por placer sin llevar una cámara. Las fotografías son la prueba irrecusable de que se hizo la excursión, se cumplió el programa, se gozó del viaje. Las fotografías documentan secuencias de consumo realizadas en ausencia de la familia, los amigos, los vecinos.
Pero la dependencia de la cámara, en cuanto aparato que da realidad a las experiencias, no disminuye cuando la gente viaja más. El acto de fotografiar satisface las mismas necesidades para los cosmopolitas que acumulan trofeos fotográficos de su excursión en barco por el Nilo o sus catorce días en China, que para los turistas de clase media que hacen instantáneas de la Torre Eiffel o las cataratas del Niágara. El acto fotográfico, un modo de certificar la experiencia, es también un modo de rechazarla: cuando se confina a la búsqueda de lo fotogénico, cuando se convierte la experiencia en una imagen, un recuerdo. El viaje se transforma en una estrategia para acumular fotos. La propia actividad fotográfica es tranquilizadora, y mitiga esa desorientación general que se suele agudizar con los viajes. La mayoría de los turistas se sienten obligados a poner la cámara entre ellos y toda cosa destacable que les sale al paso. Al no saber cómo reaccionar, hacen una foto. Así, la experiencia cobra forma: alto, una fotografía, adelante. El método seduce sobre todo a gente subyugada a una ética de trabajo implacable: alemanes, japoneses y estadounidenses. El empleo de una cámara atenúa su ansiedad provocada por la inactividad laboral cuando están en vacaciones y presuntamente divirtiéndose. Cuentan con una tarea que parece una simpática imitación del trabajo: pueden hacer fotos.
Tomado de: Sontag, S. (2009). Sobre la fotografía. Barcelona: Debolsillo.
Considere el siguiente resumen del texto anterior:
“La autora analiza la relación entre el turismo y la fotografía, teniendo en cuenta que los cos- mopolitas ven en sus viajes al acto de fotografiar como una necesidad. Según ella, ese acto acaba por convertirse en una práctica trivial con la que solo se busca mitigar la desorienta- ción general que causan los viajes. Así, la fotografía se convierte para los cosmopolitas japo- neses, estadounidenses y alemanes en una especie de reemplazo del trabajo al que están acostumbrados”.
El anterior resumen se puede describir como inadecuado porque
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En nuestra sociedad, se tiende a pensar que el matrimonio, la base de la familia, se sostiene si
hay confianza mutua y buena comunicación, así como si ambos miembros de la pareja trabajan unidos
para resolver los conflictos y pasan tiempo juntos. En resumen, su piedra angular es un amor maduro
y sincero. No obstante, la idea de que este deba ser la razón última del enlace es bastante reciente:
aparece en el siglo XVIII y se afianza en el XIX, con el movimiento romántico. Hasta entonces, el ma-
trimonio era ante todo una institución económica y política demasiado trascendente como para dejar-
la en manos de los dos individuos implicados. En general, resultaba inconcebible que semejante
acuerdo se basara en algo tan irracional como el enamoramiento. De hecho, no se inventó ni para que
los hombres protegieran a las mujeres ni para que las explotaran. Se trataba de una alianza entre
grupos que iba más allá de los familiares más cercanos o incluso los pequeños grupos.
Para las élites, era una manera excelente de consolidar la riqueza, fusionar recursos y forjar unio-
nes políticas. Desde la Edad Media, la dote de boda de la mujer constituía el mayor ingreso de dinero,
bienes o tierras que un hombre iba a recibir en toda su vida. Para los más pobres, también suponía
una transacción económica que debía ser beneficiosa para la familia. Así, se solía casar al hijo con la
hija de quien tenía un campo colindante. El matrimonio se convirtió en la estructura que garantizaba
la supervivencia de la familia extendida, que incluye abuelos, hermanos, sobrinos… Al contrario de lo
que solemos creer, la imagen del marido trabajando fuera de la casa y la mujer haciéndose cargo de
la misma es un producto reciente, de los años 50. Hasta entonces, la familia no se sostenía con un úni-
co proveedor, sino que todos sus integrantes contribuían al único negocio de la que esta dependía.
Que el matrimonio no se basara en el amor no quiere decir que las personas no se enamoraran.
Sin embargo, en algunas culturas se trata de algo incompatible con el matrimonio. En la China tradi-
cional, por ejemplo, una atracción excesiva entre los esposos era tenida como una amenaza al respe-
to y solidaridad debida a la familia. Es más, en tal ambiente, la palabra amor solo se aplicaba para
describir las relaciones ilícitas. Fue en la década de 1920 cuando se inventó un término para designar
el cariño entre cónyuges. Una idea tan radicalmente nueva exigía un vocabulario especial.
Aún hoy, muchas sociedades desaprueban la idea de que el amor sea el centro del matrimonio.
Es el caso de los fulbes africanos, del norte de Camerún. “Muchas de sus mujeres niegan vehemen-
temente cualquier apego hacia el marido”, asegura Helen A. Regis, del Departamento de Geografía y
Antropología de la Universidad Estatal de Luisiana. Otras, en cambio, aprueban el amor entre espo-
sos, pero nunca antes de que el matrimonio haya cumplido su objetivo primordial.
Adaptado de: Sabadell, Miguel Ángel (2013). “Líos de familias”. En: Muy Interesante, No. 384, pp. 72-76.
La función del conector “sin embargo” del penúltimo párrafo es:
introducir un nuevo tema de reflexión.
negar información suministrada previamente.
agregar nuevos detalles acerca de lo dicho anteriormente.
contrastar la información anterior sin llegar a invalidarla.
¿Cuál es la moraleja correcta para la siguiente fábula?
FÁBULA EL LOBO CON PIEL DE OVEJA:
Un lobo hambriento caminaba por el bosque buscando algo para comer. Cuando ya no podía más, se sentó y fue cuando tuvo una idea. Pensó:
- Si como lobo no puedo agarrar ni una sola presa, entonces cambiaré mi apariencia y con el engaño podré comer.
Y así fue lo que hizo el lobo para obtener su comida. Se metió en una piel de oveja y se fue a pastar con el rebaño, despistando totalmente al pastor.
Pero su plan no ha salido como él esperaba.
Al atardecer, para su sorpresa, el lobo disfrazado de oveja fue llevado junto a las demás ovejas a un encierro, quedando la puerta asegurada.
En la noche, buscando el pastor su provisión de carne para el día siguiente, tomó al lobo creyendo que era un cordero y lo sacrificó al instante.
Moraleja: Según hagamos el engaño, así recibiremos el daño.
Moraleja: Tendrás mucho éxito en la vida si engañas a los demás
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Nadie es justo por voluntad sino porque no tiene el poder de cometer injusticias. Esto lo per-
cibiremos mejor si nos imaginamos las cosas del siguiente modo: demos tanto al justo como al
injusto el poder de hacer lo que cada uno de ellos quiere, y a continuación sigámoslos para ob-
servar hasta dónde lo lleva a cada uno el deseo. Entonces sorprenderemos al justo tomando el
mismo camino que el injusto, siguiendo sus propios intereses, lo que toda criatura persigue por
naturaleza como un bien, pero que la fuerza de la ley obliga a seguir el camino del respeto por
la igualdad.
El poder del que hablo sería efectivo al máximo si aquellos hombres adquirieran una fuerza tal co-
mo la que se dice que cierta vez tuvo Giges, el antepasado del lidio. Giges era un pastor que servía
al entonces rey de Lidia. Un día sobrevino una gran tormenta y un terremoto que rasgó la tierra y pro-
dujo un abismo en el lugar en que Giges llevaba el ganado a pastorear. Asombrado al ver esto, des-
cendió al abismo y halló, entre otras maravillas que narran los mitos, un caballo de bronce, hueco y
con ventanillas, a través de las cuales divisó adentro un cadáver de tamaño más grande que el de un
hombre, según parecía, y que no tenía nada excepto un anillo de oro en la mano. Giges le quitó el ani-
llo y salió del abismo. Ahora bien, los pastores hacían su reunión habitual para dar al rey el informe
mensual concerniente a la hacienda, cuando llegó Giges llevando el anillo. Tras sentarse entre los de-
más, casualmente volvió el engaste del anillo hacia el interior de su mano. Al suceder esto se tornó
invisible para los que estaban sentados allí, quienes se pusieron a hablar de él como si se hubiera ido.
Giges se asombró, y luego, examinando el anillo, dio vuelta al engaste hacia afuera y tornó a hacerse
visible. Al advertirlo, experimentó con el anillo para ver si tenía tal propiedad, y comprobó que así era:
cuando giraba el engaste hacia adentro, su dueño se hacía invisible, y cuando lo giraba hacia afuera,
se hacía visible. En cuanto se hubo cerciorado de ello, maquinó el modo de formar parte de los que
fueron a la residencia del rey como informantes y, una vez allí, sedujo a la reina y con ayuda de ella
mató al rey y se apoderó del reino.
Por consiguiente, si hubiesen dos anillos como el de Giges y se diera uno a un hombre justo y
otro a uno injusto, ninguno perseveraría en la justicia ni soportaría abstenerse de bienes ajenos,
cuando podría tanto apoderarse impunemente de lo que quisiera del mercado, como, al entrar en las
casas, acostarse con la mujer que prefiriera, y tanto matar a unos como librar de las cadenas a otros,
según su voluntad, y hacer todo como si fuera igual a un dios entre los hombres. En esto, el hombre
justo no haría nada diferente del injusto, sino que ambos marcharían por el mismo camino. E incluso
se diría que esto es una importante prueba de que nadie es justo si no es forzado a serlo, por no con-
siderarse a la justicia como un bien individual, ya que allí donde cada uno se cree capaz de cometer
injusticias, las comete. En efecto, todo hombre piensa que la injusticia le brinda más ventajas indivi-
duales que la justicia, y está en lo cierto, si habla de acuerdo con esta teoría.
Tomado de: Platón IV, D. (1986). República, Traducción y notas de C. Eggers Lan, Madrid, Gredos.
De los siguientes enunciados, ¿cuál presenta un supuesto subyacente a la afirmación “Todo hombre piensa que la injusticia le brinda más ventajas individuales que la justicia, y está en lo cierto, si habla de acuerdo con esta teoría”?
La injusticia brinda las mismas ventajas individuales que la justicia.
La justicia, al igual que la injusticia, brinda ventajas individuales.
La injusticia, a diferencia de la justicia, brinda pocas ventajas individuales.
La justicia no brinda ninguna de las ventajas individuales que la injusticia brinda.
Identifica la postura crítica del texto.
Alguna vez escuché a un colega [...] regodearse haciendo gala de no haber leído nunca una novela, porque, según decía, solo leía obras de importancia. El pobre hombre, que desde luego inspiraba compasión, no sabía que la única manera de comprender hasta sus entresijos a ese extraño ser que es el hombre, pasa necesariamente por las grandes novelas. Lo entendería si se diera el trabajo de leer Soldados de Salamina.
Las novelas contienen historias de grandes hombres que no leían libros
La falta de lectura de obras interesantes es comprensible en gente considerada importante
Quienes afirman no leer novelas inspiran compasión por su incomprensión de lo humano
Las grandes novelas permiten explicar de mejor manera el presente
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En nuestra sociedad, se tiende a pensar que el matrimonio, la base de la familia, se sostiene si hay confianza mutua y buena comunicación, así como si ambos miembros de la pareja trabajan unidos para resolver los conflictos y pasan tiempo juntos. En resumen, su piedra angular es un amor maduro y sincero. No obstante, la idea de que este deba ser la razón última del enlace es bastante reciente: aparece en el siglo XVIII y se afianza en el XIX, con el movimiento romántico. Hasta entonces, el matrimonio era ante todo una institución económica y política demasiado trascendente como para dejarla en manos de los dos individuos implicados. En general, resultaba inconcebible que semejante acuerdo se basara en algo tan irracional como el enamoramiento. De hecho, no se inventó ni para que los hombres protegieran a las mujeres ni para que las explotaran. Se trataba de una alianza entre grupos que iba más allá de los familiares más cercanos o incluso los pequeños grupos.
Para las élites, era una manera excelente de consolidar la riqueza, fusionar recursos y forjar uniones políticas. Desde la Edad Media, la dote de boda de la mujer constituía el mayor ingreso de dinero, bienes o tierras que un hombre iba a recibir en toda su vida. Para los más pobres, también suponía una transacción económica que debía ser beneficiosa para la familia. Así, se solía casar al hijo con la hija de quien tenía un campo colindante. El matrimonio se convirtió en la estructura que garantizaba la supervivencia de la familia extendida, que incluye abuelos, hermanos, sobrinos… Al contrario de lo que solemos creer, la imagen del marido trabajando fuera de la casa y la mujer haciéndose cargo de la misma es un producto reciente, de los años 50. Hasta entonces, la familia no se sostenía con un único proveedor, sino que todos sus integrantes contribuían al único negocio de la que esta dependía.
Que el matrimonio no se basara en el amor no quiere decir que las personas no se enamoraran. Sin embargo, en algunas culturas se trata de algo incompatible con el matrimonio. En la China tradicional, por ejemplo, una atracción excesiva entre los esposos era tenida como una amenaza al respeto y solidaridad debida a la familia. Es más, en tal ambiente, la palabra amor solo se aplicaba para describir las relaciones ilícitas. Fue en la década de 1920 cuando se inventó un término para designar el cariño
entre cónyuges. Una idea tan radicalmente nueva exigía un vocabulario especial.
Aún hoy, muchas sociedades desaprueban la idea de que el amor sea el centro del matrimonio. Es el caso de los fulbes africanos, del norte de Camerún. “Muchas de sus mujeres niegan vehementemente cualquier apego hacia el marido”, asegura Helen A. Regis, del Departamento de Geografía y Antropología de la Universidad Estatal de Luisiana. Otras, en cambio, aprueban el amor entre esposos, pero nunca antes de que el matrimonio haya cumplido su objetivo primordial.
Adaptado de: Sabadell, Miguel Ángel (2013). “Líos de familias”. En: Muy Interesante, No. 384, pp. 72-76.
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(i). “El argumento más poderoso contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”.
Winston Churchill
Adaptado de: Ovejero, Félix, 2008, Incluso un pueblo de demonios: democracia, liberalismo, republicanismo. Katz editores,
Madrid.
(ii). “La democracia sustituye el nombramiento hecho por una minoría corrompida, por la elección debida a una mayoría incompetente”.
George Bernard Shaw
Epígrafe de: Ovejero, Félix, 2008, Incluso un pueblo de demonios: democracia, liberalismo, republicanismo. Katz editores:
Madrid.
(iii). “Aunque la tradición política democrática se remonta a la antigua Grecia, los pensadores políticos no se ocuparon de la causa democrática hasta el siglo XIX. Hasta entonces venía desechándose la democracia como el gobierno de las masas ignorantes y sin luces. Hoy parece que todos nos hemos vuelto demócratas sin contar con argumentos sólidos a favor. Los liberales, los conservadores, los socialistas, los comunistas, los anarquistas y hasta los fascistas se han apresurado a proclamar las virtudes de la democracia y a mostrar sus credenciales demócratas”.
Adaptado de: Heywood, Andrew (2010). Introducción a la teoría política. Tirant Lo Blanch: Valencia. p. 55.
LA NOVELA POLICIAL Y LA POLÉMICA DE ELITISMO Y COMERCIALISMO
Me parece que no es preciso demostrar que la novela policial es popular, porque esa popularidad es tan flagrante que no requiere demostración. Para explicarla - aquellos que niegan al género su significación artística - se fundan en la evidencia de que la novela policial ha sido y es uno de los productos predilectos de la llamada "cultura de masas", propia de la moderna sociedad capitalista.
La popularidad de la novela policial sería, entonces, sólo un resultado de la manipulación del gusto, sólo el fruto de su homogeneización mediante la reiteración de esquemas seudoartísticos, fácilmen- te asimilables, y desprovistos, claro, de verdadera significación gnoseológica y estética; sazonados, además, con un puñado de ingredientes de mala ley: violencia, morbo, pornografía, etcétera, pro- ductos que se cargan, casi siempre, de mixtificaciones y perversiones ideológicas, tendientes a la afirmación del estatus burgués y a combatir las ideas revolucionarias y progresistas del modo más burdo e impúdico.
Pero hay que decir que ello constituye no sólo una manipulación del gusto en general, sino tam- bién una manipulación de la propia novela policial, de sus válidas y legítimas manifestaciones, una prostitución de sus mecanismos expresivos y sus temas. Los auténticos conformadores del género policial (no hay que olvidarlo) fueron artistas de la talla de Edgar Allan Poe y Wilkie Collins. Y desde sus orígenes hasta nuestros días, el género ha producido una buena porción de obras maestras.
Tomado de "La novela policial y la polémica del elitismo y comercialismo". En: Ensayos Voluntarios, Rodríguez Rivera, Guillermo.
La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1984.
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El conocimiento no consiste en una serie de teorías autoconsistentes que tiende a converger en una perspectiva ideal; no consiste en un acercamiento gradual hacia la verdad. Por el contrario, el conocimiento es un océano, siempre en aumento, de alternativas incompatibles entre sí (y tal vez inconmensurables); toda teoría particular, todo cuento de hadas, todo mito, forman parte del conjunto que obliga al resto a una articulación mayor, y todos ellos contribuyen, por medio de este proceso competitivo, al desarrollo de nuestro conocimiento. No hay nada establecido para siempre, ningún punto de vista puede quedar omitido en una explicación comprehensiva (...). Expertos y profanos, profesionales y diletantes, forjadores de utopías y mentirosos, todos ellos están invitados a participar en el debate y a contribuir al enriquecimiento de la cultura. La tarea del científico no ha de ser por más tiempo “la búsqueda de la verdad”, o “la glorificación de dios”, o “la sistematización de las observaciones” o “el perfeccionamiento de predicciones”. Todas estas cosas no son más que efectos marginales de una actividad a la que se dirige ahora su atención y que consiste en “hacer de la causa más débil la causa más fuerte”, como dijo el sofista, “por ello en apoyar el movimiento de conjunto”.
Adaptado de: Paul Feyerabend (1986). Tratado contra el método. Madrid,: Técnos, pp.14-15.
LA NOVELA POLICIAL Y LA POLÉMICA DE ELITISMO Y COMERCIALISMO
Me parece que no es preciso demostrar que la novela policial es popular, porque esa popularidad es tan flagrante que no requiere demostración. Para explicarla - aquellos que niegan al género su significación artística - se fundan en la evidencia de que la novela policial ha sido y es uno de los productos predilectos de la llamada "cultura de masas", propia de la moderna sociedad capitalista.
La popularidad de la novela policial sería, entonces, sólo un resultado de la manipulación del gusto, sólo el fruto de su homogeneización mediante la reiteración de esquemas seudoartísticos, fácilmen- te asimilables, y desprovistos, claro, de verdadera significación gnoseológica y estética; sazonados, además, con un puñado de ingredientes de mala ley: violencia, morbo, pornografía, etcétera, pro- ductos que se cargan, casi siempre, de mixtificaciones y perversiones ideológicas, tendientes a la afirmación del estatus burgués y a combatir las ideas revolucionarias y progresistas del modo más burdo e impúdico.
Pero hay que decir que ello constituye no sólo una manipulación del gusto en general, sino tam- bién una manipulación de la propia novela policial, de sus válidas y legítimas manifestaciones, una prostitución de sus mecanismos expresivos y sus temas. Los auténticos conformadores del género policial (no hay que olvidarlo) fueron artistas de la talla de Edgar Allan Poe y Wilkie Collins. Y desde sus orígenes hasta nuestros días, el género ha producido una buena porción de obras maestras.
Tomado de "La novela policial y la polémica del elitismo y comercialismo". En: Ensayos Voluntarios, Rodríguez Rivera, Guillermo.
La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1984.
En el texto, la referencia a: “...una manipulación de la propia novela policial...”, está relacionada con
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¿En cuál de los siguientes contextos se inscribe mejor la caricatura?
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Nadie es justo por voluntad sino porque no tiene el poder de cometer injusticias. Esto lo per-
cibiremos mejor si nos imaginamos las cosas del siguiente modo: demos tanto al justo como al
injusto el poder de hacer lo que cada uno de ellos quiere, y a continuación sigámoslos para ob-
servar hasta dónde lo lleva a cada uno el deseo. Entonces sorprenderemos al justo tomando el
mismo camino que el injusto, siguiendo sus propios intereses, lo que toda criatura persigue por
naturaleza como un bien, pero que la fuerza de la ley obliga a seguir el camino del respeto por
la igualdad.
El poder del que hablo sería efectivo al máximo si aquellos hombres adquirieran una fuerza tal co-
mo la que se dice que cierta vez tuvo Giges, el antepasado del lidio. Giges era un pastor que servía
al entonces rey de Lidia. Un día sobrevino una gran tormenta y un terremoto que rasgó la tierra y pro-
dujo un abismo en el lugar en que Giges llevaba el ganado a pastorear. Asombrado al ver esto, des-
cendió al abismo y halló, entre otras maravillas que narran los mitos, un caballo de bronce, hueco y
con ventanillas, a través de las cuales divisó adentro un cadáver de tamaño más grande que el de un
hombre, según parecía, y que no tenía nada excepto un anillo de oro en la mano. Giges le quitó el ani-
llo y salió del abismo. Ahora bien, los pastores hacían su reunión habitual para dar al rey el informe
mensual concerniente a la hacienda, cuando llegó Giges llevando el anillo. Tras sentarse entre los de-
más, casualmente volvió el engaste del anillo hacia el interior de su mano. Al suceder esto se tornó
invisible para los que estaban sentados allí, quienes se pusieron a hablar de él como si se hubiera ido.
Giges se asombró, y luego, examinando el anillo, dio vuelta al engaste hacia afuera y tornó a hacerse
visible. Al advertirlo, experimentó con el anillo para ver si tenía tal propiedad, y comprobó que así era:
cuando giraba el engaste hacia adentro, su dueño se hacía invisible, y cuando lo giraba hacia afuera,
se hacía visible. En cuanto se hubo cerciorado de ello, maquinó el modo de formar parte de los que
fueron a la residencia del rey como informantes y, una vez allí, sedujo a la reina y con ayuda de ella
mató al rey y se apoderó del reino.
Por consiguiente, si hubiesen dos anillos como el de Giges y se diera uno a un hombre justo y
otro a uno injusto, ninguno perseveraría en la justicia ni soportaría abstenerse de bienes ajenos,
cuando podría tanto apoderarse impunemente de lo que quisiera del mercado, como, al entrar en las
casas, acostarse con la mujer que prefiriera, y tanto matar a unos como librar de las cadenas a otros,
según su voluntad, y hacer todo como si fuera igual a un dios entre los hombres. En esto, el hombre
justo no haría nada diferente del injusto, sino que ambos marcharían por el mismo camino. E incluso
se diría que esto es una importante prueba de que nadie es justo si no es forzado a serlo, por no con-
siderarse a la justicia como un bien individual, ya que allí donde cada uno se cree capaz de cometer
injusticias, las comete. En efecto, todo hombre piensa que la injusticia le brinda más ventajas indivi-
duales que la justicia, y está en lo cierto, si habla de acuerdo con esta teoría.
Tomado de: Platón IV, D. (1986). República, Traducción y notas de C. Eggers Lan, Madrid, Gredos.
Dada la estructura del texto anterior, ¿qué propósito general tiene el autor al introducir el
relato sobre el anillo de Giges, y cómo lo alcanza?
Promover en la audiencia la idea de que es más ventajoso seguir el camino de la injusticia. El caso de Giges muestra cómo obtuvo beneficios gracias al comportamiento injusto que le posibilitó el anillo.
Convencer a la audiencia de que todo hombre cometerá injusticias cuando tenga la oportunidad. Así lo hizo Giges una vez descubrió el poder que le otorgaba el anillo.
Reforzar en la audiencia la idea de que todos cometemos injusticias. El caso de Giges ilustra cómo las personas aparentemente justas en realidad cometen grandes injusticias.
Persuadir a la audiencia de que actuar justamente requiere mucha fuerza de voluntad. En el caso de Giges, la tentación derivada del poder del anillo doblegó su voluntad.
Aunque las comodidades de esta vida pueden aumentarse con la ayuda mutua, sin embargo, como eso se puede conseguir dominando a los demás mejor que asociándose con ellos, nadie debe dudar de que los hombres por su naturaleza, si no existiera el miedo, se verían inclinados más al dominio que a la sociedad. Por lo tanto, hay que afirmar que el origen de las sociedades grandes y duraderas no se ha debido a los hombres sino al miedo mutuo.
Tomado de: Hobbes, T. (1999). Tratado sobre el ciudadano. trad. Joaquín Rodríguez Feo. Madrid: Trotta.
De acuerdo con las ideas expresadas en el texto, si “los hombres por su naturaleza están más inclinados al dominio que a la sociedad”, ¿por qué aparecieron sociedades grandes y duraderas?
A. Es natural para el hombre asociarse con otros para ejercer su dominio con seguridad.
B. Para ampliar su capacidad de dominio, al hombre le resulta más efectivo vivir en sociedad.
C. Es propio del hombre evitar todo tipo de dominio a través de las relaciones confiables que le brinda la vida en sociedad.
D. El hombre busca la seguridad y es más seguro para él vivir en comunidad que estar expuesto a ser dominado por otro.
RESPONDA LAS PREGUNTAS DE ACUERDO CON LA SIGUIENTE INFORMACIÓN
En nuestra sociedad, se tiende a pensar que el matrimonio, la base de la familia, se sostiene si hay confianza mutua y buena comunicación, así como si ambos miembros de la pareja trabajan unidos para resolver los conflictos y pasan tiempo juntos. En resumen, su piedra angular es un amor maduro y sincero. No obstante, la idea de que este deba ser la razón última del enlace es bastante reciente: aparece en el siglo XVIII y se afianza en el XIX, con el movimiento romántico. Hasta entonces, el matrimonio era ante todo una institución económica y política demasiado trascendente como para dejarla en manos de los dos individuos implicados. En general, resultaba inconcebible que semejante acuerdo se basara en algo tan irracional como el enamoramiento. De hecho, no se inventó ni para que los hombres protegieran a las mujeres ni para que las explotaran. Se trataba de una alianza entre grupos que iba más allá de los familiares más cercanos o incluso los pequeños grupos.
Para las élites, era una manera excelente de consolidar la riqueza, fusionar recursos y forjar uniones políticas. Desde la Edad Media, la dote de boda de la mujer constituía el mayor ingreso de dinero, bienes o tierras que un hombre iba a recibir en toda su vida. Para los más pobres, también suponía una transacción económica que debía ser beneficiosa para la familia. Así, se solía casar al hijo con la hija de quien tenía un campo colindante. El matrimonio se convirtió en la estructura que garantizaba la supervivencia de la familia extendida, que incluye abuelos, hermanos, sobrinos… Al contrario de lo que solemos creer, la imagen del marido trabajando fuera de la casa y la mujer haciéndose cargo de la misma es un producto reciente, de los años 50. Hasta entonces, la familia no se sostenía con un único proveedor, sino que todos sus integrantes contribuían al único negocio de la que esta dependía.
Que el matrimonio no se basara en el amor no quiere decir que las personas no se enamoraran. Sin embargo, en algunas culturas se trata de algo incompatible con el matrimonio. En la China tradicional, por ejemplo, una atracción excesiva entre los esposos era tenida como una amenaza al respeto y solidaridad debida a la familia. Es más, en tal ambiente, la palabra amor solo se aplicaba para describir las relaciones ilícitas. Fue en la década de 1920 cuando se inventó un término para designar el cariño
entre cónyuges. Una idea tan radicalmente nueva exigía un vocabulario especial.
Aún hoy, muchas sociedades desaprueban la idea de que el amor sea el centro del matrimonio. Es el caso de los fulbes africanos, del norte de Camerún. “Muchas de sus mujeres niegan vehementemente cualquier apego hacia el marido”, asegura Helen A. Regis, del Departamento de Geografía y Antropología de la Universidad Estatal de Luisiana. Otras, en cambio, aprueban el amor entre esposos, pero nunca antes de que el matrimonio haya cumplido su objetivo primordial.
Adaptado de: Sabadell, Miguel Ángel (2013). “Líos de familias”. En: Muy Interesante, No. 384, pp. 72-76.
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